El divorcio de Jeff Bezos en la terraza del Hotel Costa Vella de Santiago

Manuel Vilas López

Ourensano nacido en Vilagarcía (1978). Coordinador de Galiciapress desde 2018. Licenciado en Periodismo por la USC (2000) , Diploma de Estudios Avanzados en Comercio Electrónico por la UDC (2002) y Máster en Publicación Electrónica por la City University London (2004). Ex-miembro de las directivas del Colexio Profesional de Xornalistas de Galicia y del Sindicato de Xornalistas de Galicia.

Si seguimos pasmando, sólo un milagro de tal calibre nos librará de la avalancha que cada primavera nos lleva por delante, convirtiéndonos a nosotros, los compostelanos, en extras de un spot de Turgalicia

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Cartel en la entrada del Hotel Costa Vella en la calle Puerta de la Pena de Santiago de Compostela

 

Refunfuñar porque la terraza de un hotel cierra, por mucho cariño que le tengamos, puede resultar una queja pequeña burguesa. Y lo es.

 

Los compostelanos tenemos problemas mucho más graves, sobre todo el precio de la vivienda. Primero fue el casco viejo. Después, San Pedro. La enfermedad se contagió enseguida a los barrios populares. Vite, Os Pexigos o Concheiros, por ejemplo, se vacían de vecinos y universitarios. En su lugar llegan filas de maletas de ruedines camino a apartamentos turísticos, tanto legales como ilegales.

 

También hay muchos inversores, a menudo extranjeros, que compran pisos para vivir un tiempo y después especular. Protegidos por los gobernantes, unos pocos se enriquecen a costa de hacer casi imposible que la mayoría encontremos una vivienda digna en la ciudad.

 

En Venecia, si llegas tarde en esos días no te queda otra que correr, si tienes suerte, o nadar, si no.

 

Cierto, en otros lugares están peor. Jeff Bezos, el propietario de Amazon, acaba de cerrar la mayoría de los hoteles de Venecia para su boda. También reservó toda la flota de taxis durante tres jornadas. Así que en Venecia, si llegas tarde en esos días no te queda otra que correr, si tienes suerte, o nadar, si no.

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Público en el Terrazeando en Hotel Costa Vella en 2012


Frente a la expulsión de la plebe de sus barrios, que trascendencia tiene el cierre de la terraza del Hotel Costa Vella? No es una queja propia de un señorito?


Un lamento pequeño burgués, sin duda. Con todo, aquellos que disfrutaron del pequeño jardín antes de que fuera colonizado por los instagramers, quizás me concedan cierta indulgencia.


Quizás concuerden en que pocas cosas sabían mejor que el primer café al sol en el "hotelito", umbral a la fertilidad de la Feria del Barrio de San Pedro, templo del brotar de unas compostelanas mohosas tras la invernía intramuros.
 

No interprete este comentario como una crítica al equipo del Hotel Costa Vella. Por el contrario, merecen aplausos.
 

 

 

En un mudo donde la codicia no es un pecado sino un valor, en una hostelería que corre como un perro en celo detrás de otro récord, ellos levantaron el pie del acelerador.

 

Eligieron el bienestar de sus gestores y trabajadores frente a la locura de exprimir hasta la última gota un negocio que, seguro, seguiría siendo más rentable con la terraza abierta al 100%. Eso sí, a costa de más trabajo, más horas y más sacrificios; siempre más y más.

 

"El los últimos años el contexto cambió, y hace falta hacer una pausa para buscar una forma de gestionar este espacio de una forma más viable y sostenible, tanto para nosotros como para nuestro equipo", explicaban hace unas semanas desde el Hotel Costa Vella, tras comunicarnos que "la cafetería y la terraza permanecerán cerradas al público".

 

En Santiago hace tiempo que hay más estudios de tatuaje que bares en los que comprar licor café en botellas de plástico traídas de casa

 

La palabra clave en esa despedida es "contexto". A buen entendedor pocas palabras bastan. En Santiago hace tiempo que hay más estudios de tatuaje que bares en los que comprar licor café en botellas de plástico traídas de la casa. Otro ejemplo, en el Ogeros, el último ultramarinos del casco histórico, van a abrir otra lavandería. 


¿Hay esperanza? Encontrarán los del Costa Vella esa  “fórmula” y volverán a abrir la terraza al público, por lo menos en invierno? ¿Recuerdas el invierno? Sí, aquellos cuatro meses que parecían interminables, cuando las borrascas borran a los turistas propiciando milagros, como encontrar un hueco en la Tita, pincho de toritlla y café por 1,5 €.
 

 

 

¿Hay esperanza? Quien sabe. Que este artículo sirva de petición. De súplica, incluso; para no perder para siempre jamás ese refugio para las resacas dominicales, vermús pre-bodas o reencuentros otrora imposibles.

 

Y si no hay suerte y la herida nunca cierra, nos quedan confiar en la caducidad del amor.

 

A lo mejor algún día Bezos se divorcia y reserva el Hotel Costa Vella y el resto de la Praystation para unos días de fiesta. Si seguimos pasmando, sólo un milagro de tal calibre nos librará de la avalancha que cada primavera nos desdibuja, convertídonos a nosotros, los compostelanos, en extras de un spot de Turgalicia, figurantes refufuñones de un avatar de la que una vez fue nuestra gran aldea, Santiago de Compostela.


 

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Llegada de jóvenes peregrinos ocupando todo el ancho de la calzada en el Barrio de San Pedro y enarbolando banderas españolas

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