Aunque la inmigración ha contribuido de forma decisiva al crecimiento económico —hasta el punto de explicar aproximadamente la mitad del aumento del PIB desde 2022—, no ha logrado resolver nuestra baja productividad. Pese a su efecto positivo sobre el empleo y la demografía, el modelo productivo español sigue dependiendo más de sumar trabajadores que de mejorar la eficiencia o la innovación. Algo que, en caso de crisis global, nos hace muy vulnerables.