No es Tiktok ni Putin, es el miedo

Manuel Vilas López

Ourensano nacido en Vilagarcía (1978). Coordinador de Galiciapress desde 2018. Licenciado en Periodismo por la USC (2000) , Diploma de Estudios Avanzados en Comercio Electrónico por la UDC (2002) y Máster en Publicación Electrónica por la City University London (2004). Ex-miembro de las directivas del Colexio Profesional de Xornalistas de Galicia y del Sindicato de Xornalistas de Galicia.

 Ayer hubo un golpe de Estado en un país de la Unión Europea. Es algo gravísimo que confirma hasta qué punto las democracias liberales se están deshaciendo ante nuestros ojos. 

 

Putin y Gerogescu haciu00e9ndose en un selfi en una imagen creada con inteligencia artificial
Putin y Gerogescu haciéndose en un selfie en una imagen creada con inteligencia artificial


 

La gente no vota a Ayuso porque se despierten con Federico a las siete. Ni a Pedro Sánchez porque desayunen con el Hoy por Hoy. Ni a Sumar por rogar que este domingo haya un nuevo episodio de Quieto todo el Mundo. De ningún modo, pues si fuera así, yo querría votar tres veces en cada elección y no es el caso.

 

Lo explico en términos gallegos. En las aldeas tampoco se votaba a Fraga porque la TVG fuese la única cadena de televisión que llegaba con un mínimo de calidad a sus televisores. Lo explico también términos ourensanos, Jácome no gobierna en Ourense por la reconocida calidad audiovisual de Auria TV. Los medios y los periodistas influimos, pero no somos tan poderosos ni la plebe, o la ciudadanía -como prefieran llamarla-, es estúpida. 


 Ayer hubo un golpe de Estado en un país de la Unión Europea. Es algo gravísimo que confirma hasta qué punto las democracias liberales se están deshaciendo ante nuestros ojos. 


 El Tribunal Constitucional de Rumanía anuló el resultado de la primera vuelta de las elecciones presidenciales, alegando una masiva interferencia de un actor internacional a través de las redes sociales, Tik Tok en particular. El ganador fue Calin Georgescu, un debutante con un programa ultraderechista, euroescéptico, crítico con la OTAN y partidario de detener la ayuda a Ucrania en su lucha contra la invasión rusa.


 El primer ministro saliente, Marcel Ciolacu, aplaudió la decisión de los jueces porque es "la única solución correcta después de la desclasificación de los documentos... que demostraban que el resultado de la votación de los rumanos fue flagrantemente distorsionado como resultado de la intervención de Rusia". 


 Esos documentos provienen de los servicios de inteligencia. Como todos sabemos, los servicios de inteligencia de cualquier país son una institución transparente, repleta de controles democráticos e impermeable a cualquier influencia extranjera.


 No hace falta ser experto en política rumana o negar la evidente guerra híbrida del Kremlin, para calificar la decisión del Constitucional de Bucarest de golpe de estado judicial. En una democracia, la justicia debe anular unas elecciones si se prueba alguna trampa en el recuento o en la presentación de las candidaturas y no porque el Kremlin haya, en su caso, gastado una millonada en que tik tokers promocionasen al candidato que más le conviene. Eso equivale a llamar imbéciles a los rumanos y no lo son. 


Nadie ha obligado a los rumanos ni a ver vídeos en tik tok ni a votar a un candidato de ultraderecha. Por si no se han dado cuenta los jueces , la ultraderecha ya gobierna en su vecina Hungría, Italia y en los mismísimos Estados Unidos a partir de enero. Forma parte del gobierno en Países Bajos, Suecia y Finlandia. Tiene opciones muy reales de entrar en el gobierno de - por poner ejemplos lejanos pero también en Occidente- Francia y España.

 

Las redes sociales son simplemente altavoces de una melodía que lleva décadas sonando pero que ahora -y no antes- cautiva a millones porque cada vez más ciudadanos tienen miedo. 


 Los rumanos no votaron a un apologeta de Ion Antonescu -el dictador que acompañó a Hitler en la invasión de la URSS- porque pasen el día viendo tiktoks. Los españoles no le dieron tres eurodiputados a Alvise Pérez porque estén enganchados a su canal de Telegram. Los británicos no votaron Brexit porque los manipulasen, que los manipularon, a través de Facebook. Esas redes sociales son simplemente altavoces de una melodía que lleva décadas sonando pero que ahora -y no antes- cautiva a millones porque cada vez más ciudadanos tienen miedo. 

 

Usted también tendría miedo si las dos mayores potencias nucleares del planeta llevasen tres años haciéndose la guerra en Portugal.


 ¿Miedo a qué? Miedo, básicamente, a seguir empobreciéndose en un mundo donde cada vez hay más riqueza y en el que sienten que no tienen nada que decir. En Rumanía, por encima, miedo a que la guerra cruce el Danubio. 


 Es un miedo perfectamente racional teniendo en cuenta la historia del país y la escalada en Ucrania. Usted también tendría miedo si las dos mayores potencias nucleares del planeta llevasen tres años haciéndose la guerra en Portugal.


 Cae de cajón, la solución para detener la ultraderecha no pasa por apostar por nuestros nuestros fachas locales. Antonescu también era ultranacionalista y no escapó de acabar de mascota del Tercer Reich. 


La solución pasa por combatir el miedo. ¿Cómo? Construyendo un presente en que la mayoría pueda sentirse actor de un sistema que garantiza bienestar y justicia o, por lo menos, nos permite entrever cómo nos vamos acercando a ese ideal. Riqueza hay de sobra, cada vez más.


 Si la democracia liberal nos ofrece esa garantía, si ni siquiera nos permite soñar con un mundo mejor, la ola autoritaria seguirá creciendo y el sistema actual continuará agonizando.

 

Anular el resultado de las elecciones o prohibir Tiktok -curiosamene, lo que ayer acaba de hacer EE.UU.- no es solo ponerle puertas al campo, es peor, es intentar apagar una sartén en llamas con agua. 

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