Se aprende más en un solo día en la redacción de cualquier medio que en cuatro años de carrera. Una de las lecciones más importantes me la enseñó mi jefe prácticamente nada más entrar por la puerta del diario. “Rodrigo, incluso las hostias hay que darlas con sentido”. Es un mantra que vale para el periodismo, pero también para el boxeo, donde no puedes salir a por tu rival como un bulldozer -a no ser que seas Deontay Wilder-, y que sobre todo debería aplicarse en la política, donde los puñales vuelan en todas direcciones sin saber muy bien dónde van a caer porque aquellos que arrojan los cuchillos lo hacen muchas veces sin mirar a quien. En este nivel de política de trincheras, de doctrina de voto y de estatutos de partido, cuesta encontrar a alguien sereno que domine la oratoria y sepa dar las hostias como de verdad hay que darlas.
No presumo de ser uno de esos periodistas que siguen el minuto a minuto del hemiciclo. El Congreso de los Diputado queda muy lejos de la Praza da Quintana. Sin embargo, sí que tomé costumbre de subir el volumen de la tele o de la radio cada vez que Aitor Esteban se subía al atril. Las intervenciones del ya exparlamentario y nuevo líder del Partido Nacionalista Vasco brillaron siempre sobre las demás. Esteban no es un provocador como Gabriel Rufián ni un agitador como el señor Figaredo (el cual, por cierto, no tiene el turno de palabra). Tampoco da la impresión de ser un vendehumos ni un mentiroso, pues su estilo nunca fue el del parlamentario que busca el clip de TikTok para hacerse viral con las barras que se traía escritas de casa ni el de aquel que eleva el tono para ocupar diez segundos de informativo. Con inflexiones pausadas, con las ideas claras, con el mensaje correcto, Esteban obligó siempre a abrir bien los oídos, a reflexionar y a meditar sobre la altura de la política nacional, donde faltan más tipos como él.
Este miércoles fue su última intervención en la Cámara de Representantes, de donde fue despedido con una sonora ovación de la que se abstuvieron Vox y el Partido Popular, precisamente los dos que intentaron por todos los métodos posibles seducir a Esteban y al PNV en el verano de 2023 para que los nacionalistas vascos diesen su voto a Feijóo y así investir al popular como presidente del Gobierno. No lo lograron, pese a ofrecerle lo más grande.
"Algún día quizá contaré lo que nos llegaron a ofrecer hace un par de meses. Iba a ser llamativo", le espetó el bilbaíno desde la tribuna al expresidente de la Xunta en la investidura de Sánchez. Una amenaza detrás de una sonrisa irónica del que es consciente que no todo vale en política y que la suma de PP y Vox no conduce a otra cosa que al triunfo de la ultraderecha, algo que ni España ni Euskadi se pueden permitir, sea cual sea la compensación por vender ese voto tan caro.
Ni soy ni seré votante del PNV, ya no tanto por razones geográficas sino por motivos ideológicos. Pero, si entramos en personalismos, no me importaría darle mi voto a alguien como Aitor Esteban, pues ha demostrado más sentido de Estado y más cordura que muchos a uno y otro espectro de las distintas sensibilidades políticas. Alguien que cuando todos se bajan al barro él flota como una mariposa y pica como una abeja. También en su adiós dejó momentos de mérito en política, como reconocer la consideración y el prestigio del que goza Pedro Sánchez entre sus homólogos europeos, pero también clavó un aguijonazo en la bancada socialista: “Le pido, por enésima vez, que se cambie la Ley de Secretos Oficiales. Que se dé vía libre a que podamos discutirla aquí y que eso se convierta en una realidad. No es de recibo que continuemos con una ley franquista. Espero verlo esto, no estando yo aquí, pero sí en esta legislatura”.
El PNV pierde al que tal vez sea su más brillante ponente, pero gana un líder que tratará de reflotar a los conservadores vascos en un momento en el que sienten que han perdido la calle mientras la izquierda abertzale ha crecido hasta el punto de disputarle una hegemonía indiscutible durante décadas. Ahora Esteban tendrá que abandonar el traje de sabio profesor que ha llevado durante dos décadas en Madrid y enfundarse el de apagafuegos para salir al rescate de los suyos en un momento difícil tras la salida de Ortuzar. Si le dará resultado o no el cambio solo el tiempo lo sabe, pero a buen seguro tratará de alcanzar el objetivo con réplicas agudas, con comentarios perspicaces y con preguntas sagaces, no con insultos, bravatas y pantomimas. Porque incluso las hostias hay que darlas con sentido.